Recordemos que mi amiga Luisiana tiene cinco hijos, hace cheesecake
casero, planta orégano y albahaca en una maceta, se mudó hace poco a un country
y toma clases de tenis con el profesor del ídem. Si a eso le sumamos que está
casada con el príncipe encantador del subdesarrollo al que cada vez que le
preguntás cómo está te contesta ‘quemado’ y se cree importante; así, no hay
cuerpo que aguante, tenía que explotar en algún momento. “Me tienen
harrrrrrrrrrta, podriiiiida, hace catorce años que lo único que hago es limpiar
mocos y culos cagados, ¿qué carajo se piensan que soy yo? A ver, Emilia,
decime, vos seguro tenés forros en la cartera, ¿no es cierto? ¿Sabés qué tengo
yo? Termómetro, Ibupirac, curitas y la receta de una torta de cumpleaños con
forma de Transformeeeer… Me estoy ahogaaaando, me estoy ahogaaaando, me estoy
ahogaaaando…”, repetía al mismo tiempo que se balanceaba de manera peligrosa,
onda Rainman, y se largaba a llorar a moco tendido. “Tranquilizate, Luisi,”
alcanzó a decir Vero mientras yo trataba de abrazarla, con todo el espíritu de
guardavidas que pude encontrar en mi ser. “No me pueeeedo tranquilizar, a estos
pendejos, que les juro que los amo con toda mi alma, un día de estos los prendo
fuego, un día de estos les voy a dar tantas patadas que les voy a dejar el culo
como mandril. ¿Saben lo que les dije el otro día? No me hablen más, esto que
ven no es mamá, es un holograma, mamá se fue a Jamaica con un negro y no piensa
volver por un tiempo, estoy loca, desquiciada, soy la peor madre del universoooo.”
“No, Luisi, no es así”, alcanzó a decir Vero. “Siiiiií es así, no me
contradigan, lo único que necesito es que me digan a todo que siiiiií”, y
lloraba y lloraba, se terminó todo el rollo de cocina.
Nosotras, ante tamaño
pedido de que la tratáramos como una loca y viendo cómo su cara pasaba de ser
la imitación perfecta de Jack Nicholson en El resplandor a la de Andrea del
Boca en Celeste, siempre Celeste, nos limitamos respirar hondo y a escucharla
en un respetuoso silencio. “Y al marido perfecto con el que me casé que no
puede parar de irse de viaje, a ese turro que me dice ‘bueeeeno, pero estoy
trabajando’, la puta que lo parió, como si yo me estuviera rascando la
quetejedi todo el día, qué se piensa, la diferencia es que el termina su
jornada laboral y está en la Quinta Avenida y yo me tengo que conformar con salir
a pasear por el medio del culo del mundo y con mirar los putos bichitos de luz,
a ese hijo de puta lo voy a cagar, les juro, tan cagado. Miren lo que tengo
acá”, dijo y nos mostró un número de teléfono anotado en una servilleta de
papel con dibujitos de granitos de café que sacó de adentro de una lata de
pimentón español. “Ajá”, dijimos al unísono. “Es el número de Gabriel.” “¿Qué
Gabriel?”, parecíamos Nu y Eve. “Gabriel González, ¿no se acuerdan?” Al ver
nuestra cara de no tener la menor idea, gritó con una sonrisa, “Chicaaas, mi
novio de la secundaria, lo encontré por Facebook.” Por las santas pelotas de
Marquitos Zuckerberg, a cuánta gente más le va a cagar la vida este pendejo, nadie
se da cuenta de que es al pedo tratar de enganchar gente por ahí, quién va a
poner entre sus intereses que es fanático de los Wachiturros o que su máxima
fantasía es casarse con la Tigresa del Oriente y hacer un trío con Wendy Sulca,
por favorrrrr. De tanto comer lechuga para no engordar se han olvidado de cómo
se pela una chaucha, entonces se ponen nostalgiosas, vuelven al pasado a
reencontrarse con sus amores, my Zeus… “Por ahora estamos rescatando algo
tierno de la infancia, pero les aseguro que esta vez si me tengo que tirar un
tirito me lo tiro.” Mientras que no sea en la cabeza, pensé yo pero no dije
porque no quise dar ideas. Bueno, en realidad como decía mi abuela, peor es
nada, qué sé yo, si le hace bien, yo no puedo pensar en mi amor adolescente sin
vomitar y que me agarre un deseo irrefrenable de irme a vivir a Tanzania…
Siempre la exageración, Emilia, si al final no te vas ni a Villa Caraza, dejate
de joder, evidentemente yo vine con algo fallado, es al pedo tratar de
disimularlo… uy tanto quilombo me terminó pintando el bajón chán chán.